miércoles, 12 de diciembre de 2012

La manivela de Juan

f.web

Ha llegado a esa conclusión. Suena a manual de autoayuda pero lo ha sentido en todo su ser. Hace meses resuena. Cuando uno está débil, intentando (conscientemente o no) fugar de la soledad, suele juntarse con gente que termina haciendo daño. Personas que ven el punto blanco donde limpiar su puñal, sus entrañas resecas de cosas que no han podido ser y que saben, en su interior más próximo, que difícilmente sean. Ese momento exacto en que uno suma años con el gusto agrio de que nada queda en las manos, nada de aquello que años atrás se ansiaba y se veía como alcanzable. Próxima la gloria… nada más banal y más lejano. Cosa triste devuelve la vida y cosa más favorable a otros y ahí el problema.
El silencio termina obrando en su contra. No hablo de él, no tiene necesidad, la baja autoestima aletea en ese lago. Además ha tenido malas experiencias: el gesto negativo, cargado de resentimiento que al final lo termina dañando. En lugar de hablar tiende más bien a observar, minuciosamente, cada detalle, desde siempre, las miradas, los gestos, el decir y el obrar. Hila juicios con fundamento, pero pocas veces los expresa, ni siquiera a terceros. Sufre en silencio las miserias de los otros como si fueran propias. No escupe la verdad a la cara y lo que es todavía peor, se mantiene cerca de esa gente, no corta el vínculo en el momento preciso. Más bien es proclive a recepcionar en silencio sus otras formas de escasa autoestima, esas verborrágicas del Yo al cuadrado. Esos seres que ven al otro débil e intentan hincarse sobre él, sentirse sobre sus espaldas lo que no son, dar nombres publicitarios a lo trivial. Esos que al mismo tiempo subestiman y golpean. Si fuera un pibe de barrio montevideano (alguna vez quiso serlo) les pegaría una piña o una puteada, pero hasta para eso es bueno.

Escasas veces gozó de agredir a alguien. Desde niño observaba como los grandes, entre ellos sus hermanos y amigos, se aprovechaban de los más chicos, como canalizando en ellos todas sus frustraciones. Pensaba: ¿seré así cuando sea grande? La fortuna lo alejó de eso y de esa cosa burda de tribuna de fútbol, que genera impunidad al momento de la agresión. Tiene claro que es humano y comparte sus miserias pero, también, sus virtudes, y es a estas últimas a las que prefiere pulir, minuciosa y calladamente, para volverlas flor y no puñal. Cuando las cosas le van saliendo, cuando la luz interior es cada vez más tibia, más diáfana, es el alma la que brinca, y allí no importan tanto las saetas porque la luz es más poderosa, llena cada célula y refleja.


No hay comentarios:

Publicar un comentario